lunes, 4 de abril de 2011

Un Grand Amour

Los veo casi todos los días, caminando juntos, muy despacio. Vieja ella y viejo él. Llevan tantos años compartidos que se imitan hasta en los andares. Y se nota que se quieren, claro. Pero es distinto.

Hay en ella una evidencia del tiempo, un amor reposado, tranquilo, agradecido por los años, acostumbrada a su compañía, con una certidumbre de su presencia constante, tan suya y tan ajena, como la de su propia sombra. No queda ni un rastro de aquel sentimiento impulsivo e invasivo, cuando por primera vez se vio en sus ojos negros y lo deseó, lo quiso, quiso tenerlo para ella…

El amor de él sin embargo, ha sido absolutamente opuesto. Al principio estaba agradecido, si pero para él solo era una más de las que le acariciaban el pelo o le hablaban melosas, sucumbiendo a sus encantos. No la quería. Fue con los años con lo que aprendió a hacerlo. Ellos le han hecho darse cuenta de que la necesita, de que no puede vivir sin ella, de que sin su presencia no come y no duerme, de que su olor le trae la calma y el sonido de sus pasos le devuelve al hogar… Si se distrae y la adelanta, porque están tan acostumbrados a estar juntos que a veces ni siquiera reparan en que no están solos, se para en seco y la espera, mirándola embobado, como si como si aguardase a que las cataratas lo cieguen del todo y desease que fuese su rostro la ultima imagen que pudiesen robarle.

Y él, pobre viejo trata de conquistarla cada día, llama su atención, no vaya a enamorarse de otro o a distraerse con un escaparate y por un segundo deje de pensar en él. Y rozando casi el ridículo, intenta seducirla, le regala besos al aire, le hace mil monerías, se muere de celos si alguien la mira, como un adolescente enamorado, no vaya a ser que alguien descubra que bajo las arrugas de ella, se esconde la mujer más hermosa del mundo.

Y para ella salta como puede, se exhibe… Pero su corazón enfebrecido es más ambicioso que su pobre cuerpo reumático… Y le fallan las fuerzas y se enfada. Y entonces gruñe.
Ella le disculpa, me dice:
- Gruñe por que es viejo.

Y el sigue gruñéndose a las patas cortas, que no responden, chucho sordo, de pelo ralo y cuerpo informe.
Y parece que dice:
” No gruño por que sea viejo, gruño porque fui joven”.

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